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Vivir del reciclaje en tiempos de pandemia, pepenadores de Saltillo hacen por la vida

Por Jesús Peña, texto y fotos | Vanguardia

junio 08, 2020 | 5:00 am



Con escaso apoyo, poco trabajo y muchas carencias, 15 familias sobreviven en Ampliación Puerto de Flores

Mientras se ataja la llovizna bajo el techo de chapa de su casa de block, doña Lucy dice: “Me gustaría que vinieran, que checaran y vieran cómo estamos”.

Es un sábado a mediodía. Lucy dice que a este pellejo de tierra erizado de tejabanes, cerros pelones y yerbas del desierto, nadie viene.

Y que sólo se acuerdan de esta colonia, refundida en las profundidades del Saltillo subdesarrollado, cuando hay votaciones.

Solidarios. Lucy habla de los problemas que enfrentan y Antelmo de lo difícil que es mantener a su familia; aunque entre todos se apoyan.

“Bajan cuando son las votaciones, entonces sí andan rondándonos, entonces sí nos reconocen, saben que existimos y vienen a pedirnos el apoyo, y cuando no, ni siquiera se acuerdan de uno.  Cuando nosotros los necesitamos, ¿dónde están ellos?, ¿dónde?, nos abandonan, ahorita no existimos para ellos”, dice Lucy con un dejo de reproche.

Este sector, donde no hay pavimento, tampoco agua potable, los vecinos la hurtan de una toma que hay en otra colonia; mucho menos drenaje, la gente aquí va al baño en letrinas; ni electricidad, las familias están colgadas del alambre de la luz, está poco más que olvidado, abandonado.

Apropiarse de servicios 

“Estamos agarrados de una toma de agua, necesitamos el agua. Nos la estamos robando, hay que hablar con la verdad, porque no nos dejan ninguna alternativa. Fui a pedir una toma a Aguas de Saltillo, no nos las han querido poner. Les dije ahí ‘no nos la ponen, me la voy a robar’.

“Dijeron que nos iban a multar, hemos ido a pedir el apoyo para que nos pongan una toma, no importa que nos la cobren, que nos la vengan a poner para nosotros tener el agua, no queremos robárnosla, pero si no nos apoyan tenemos que buscar una solución, no vamos a estar a ver quién nos trae un bote de agua”, dijo.

Esta colonia se llama Ampliación Puerto de Flores, pero debería de llamarse “La Nada”.

Ya va para 30 años que María de la Luz Pérez Sánchez, junto con sus hijas, es la voluntaria de varias asociaciones altruistas que suelen entregar alguna ayuda en sectores pobres de la ciudad, como éste.

Acá, dice Lucy, los gobernantes no entran por temor a estropear las suspensiones de sus coches o de simplemente ensuciarse los zapatos.

Acopio. Los habitantes de este sector de Saltillo, hacen milagros con lo que tienen.

“El chiste es que bajen para acá, que busquen a las personas más vulnerables, que necesitamos más. Van a las casas más lujosas, hasta ahí llegan, al aterradero ellos no pasan, ¿por qué?, se les ensucian los zapatos”.

“A veces las gentes de aquí vienen y me piden apoyo, los que tienen muchos niños, y a veces de lo mismo mío, de lo que yo tengo, les comparto”, narra Lucy.

Buscar a vida entre la basura 

Ampliación Puerto de Flores es un sector habitado por unas 15 familias de pepenadores que han pasado casi toda su vida entre la basura: hurgando, recolectando pet, cartón, aluminio, fierro, que luego llevan a las recicladoras para cambiarlo por unas cuantas monedas y así comer.

Todos trabajan en el tiradero municipal, hombres, mujeres y hasta niños, recolectando lo que pueden para mantenerse, pero con esto de la pandemia el basurero restringió la entrada a los más viejos, a las mujeres y a los niños.

Solo los hombres tienen permiso de trabajar, a ratos, por uno o dos días a la semana.

“Son familias completas que ahorita la están pasando muy mal. Esta colonia, como usted ve, está completamente olvidada. Lideresas hay, pero para acá no bajan apoyos, nadie se preocupa por nosotros, nadie nos echa la mano ni con despensas ni con material ni con nada, nomás sabemos que las lideresas reparten material, despensas, pero para acá nunca llegan, para acá ni siquiera un kilito de frijol”.

Los milagros se dan 

Cuando ya ha amainado la llovizna, Lucy, el llano enfangado, enfila a la choza de block y lámina donde viven Antelmo Galván, su esposa María Castillo, sus siete hijos, dos niñas, cinco niños, pequeños, unos conejos, sus perros…

La de Antelmo es una casa de tres piezas mínimas, donde vive una familia de nueve personas.

“No pos si antes diga, estaba a lo que Dios diera, pero ya me operé, no ya no… Hubiera seguido como las conejas, teniendo y teniendo, pero ya no”, dice riendo María, la esposa de Antelmo.

Es la hora de la comida y María cocina en la estufa una sopa y un guiso de conejo, de la coneja que se murió anoche porque se quedó atorada de la cabeza en la jaula y se murió.

“¿Usted cómo cree que viven estas criaturas?, de milagro”, dice Lucy.

Esperanza. El esfuerzo cotidiano lleva a estos saltillenses a poner todas sus facultades al servicio de su supervivencia.

Quince familias de pepenadores enfrentan unidas la pandemia en Saltillo

En Ampliación Puerto de Flores le sacan el máximo provecho a sus ingresos, pero no siempre es suficiente

"Como no dice ‘quédate en casa, pero ahí te van dos o tres despensas”.

LUCY, VECINA

“Por ejemplo, ya tenemos mucho con el problema del agua”, relata.

Dice que cada que hay elecciones, doña Agustina, la lideresa del sector, manda un camión para que la gente de Ampliación Puerto de Flores vaya a votar.

“Siempre viene y dice ‘va a haber elecciones y vamos a meter un camión y el camión va a venir por ustedes a tales horas, se va a parar el camión en tal parte, quiero que vayan, van y votan y el camión viene y los deja a su domicilio’, siempre que hay votaciones viene ella a ofrecer un camión”.

Lazos. Incluso entre tantas carencias, estas familias se muestran unidas y enfrentan a la vida con optimismo.

Lideresas los ignoran

Cuando hay ayudas gubernamentales de despensas o tinacos, Ampliación Puerto de Flores simplemente es un fantasma.

“Vino una ayuda de tinacos, a nosotros no nos dieron tinacos…  Dieron paquetes de varilla, de block… Vino la ayuda de ‘Piso Firme’ y tampoco nos llegó”.

María, la esposa de Antelmo, dice que quiere mandar desde aquí un mensaje al gobierno.

“Que no se olviden de nosotros, acá estamos muy a la orilla, pero sí necesitamos la ayuda”.

Lucy, la emprende ahora por el llano sobre el que se ciernen nubes grises y anémicas.

Más allá se vislumbra un montón de tejabanes donde viven más familias de pepenadores que, debido a la pandemia, trabajan por intervalos.

“Ahorita no pueden trabajar, el Gobierno dice ‘quédate en casa’, sí, pero quién los va a mantener, como no dice ‘quédate en casa, pero ahí te van dos o tres despensas, para que la pases’”. 

"Está medio apretado sacar pa’ la comida”.

ALEJANDRO REYNA.

La mascota de Lucy, un perro grande y amarillo, la acompaña en el recorrido.

“Estas gentes son las que más necesitan oiga, imagínese siete niños, ¿usté cree que con cartón, botellas, se va a mantener, es difícil”, dice Lucy.

A lo lejos se escuchan los ladridos de los perros y el canto de algún pájaro. En el camino Lucy se encuentra con varias de estas familias, la mayoría mujeres jóvenes, esposas de pepenadores, con chicos de brazos.

Pero parece que las mujeres son alérgicas a las entrevistas y a las fotografías.

Alma Inés Hernández vende ropa sin permiso en el mercado de la Guayulera, pero como ahora no hay mercado…

“Tengo mercancía parada, desde que se puso esto de la cuarentena no hemos ido al mercado…”.

Entonces Alma tuvo que ir a trabajar con su esposo al basurero municipal.

Carencias. No se necesita fijar mucho la mirada para darse cuenta de la vida complicada de estos saltillenses.

“Hubo una temporada que nos dejaron, pero ya por lo mismo de la contingencia querían poca gente y desocuparon a muchos, dejaron a los puros hombres, a las mujeres no las querían y a las personas de la tercera edad también las descansaron”.

Con la edad en contra

María Chávez es adulto mayor y trabaja juntando pet y lámina en el relleno sanitario.

Dice que sale poco dinero, pero sale, “vivimos de milagro”.

Cuatro años hace que estas familias llegaron a vivir acá, que encontraron acá un buen vividero, y levantaron sus chozas en terrenos que les vendió un señor y que todavía no acaban de pagar.

“Ahorita se detuvo la pagadera, como no hay dinero pos no podemos pagar los terrenos, el dueño nos dio chanza, en lo que pasa la contingencia”, platica Yazmín Ramírez, otra lugareña.

“Tenemos que comprar donde nos den más baratos los terrenos”, la secunda doña Lucy.

En los límites de la Ampliación Puerto de Flores hay un arroyo por donde corren las aguas negras que vomitan otros sectores cercanos urbanizados.

Pasando este arroyo se encuentra la colonia Primero de Mayo, otro recóndito pedazo de mundo donde también hay tejabanes y en los tejabanes viviendo más familias de pepenadores.

Acá como en Ampliación Puerto de Flores, las ayudas no bajan.

Los gobiernos ni me importan, ni los conozco 

Andrés Landeros vende camote por las calles en un carrito. La pandemia le bajó las ventas, pero aun así él arriesga.

La señora Salazar, esposa de Andrés dice que a pesar del calor y el frío le gusta vivir con su marido en este tejabán de lámina y madera, su perro, custodiando la propiedad.

- ¿Qué les diría a los gobiernos?

- Ni me importan, ni los conozco, no los veo aquí…

“Está medio apretado sacar pa´ la comida, no hay, pero qué más hacemos”, dice más allá don Alejandro Reyna.

Alejandro era mecánico, pero tuvo un accidente que le lastimó la cintura y dejó de trabajar.

Ahora su mujer es la que sale a buscar la vida entre las montañas y montañas de basura del relleno sanitario.

* Este texto es publicado por el Border Hub con autorización de Vanguardia. Aquí el texto original.

 

 

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